lunes, 16 de mayo de 2005
Los partidos políticos o grupos islámicos que se oponen a las camarillas gobernantes de los países del Medio Oriente han desempeñado un papel político importante desde hace al menos tres décadas. Al oponerse y luchar (o hacer jihad) contra las potencias imperialistas occidentales y los Estados títeres neocoloniales de la región, a veces y en una medida significativa han podido influir a sectores de la base social de la revolución de nueva democracia y socialista: obreros, campesinos y semiproletarios. Pero ni su ideología ni su programa representa los intereses de las masas. Las fuerzas comunistas revolucionarias de la región, para despertar y organizar a las masas a luchar por derrocar a los Estados reaccionarios y expulsar al imperialismo, han tenido que explicar esta verdad con mayor urgencia. Más de dos décadas de experiencia en Irán y Afganistán han mostrado que el islam no es una ideología libertadora y que los programas políticos e ideológicos del islam no representan ninguna ruptura con las sociedades opresoras del Medio Oriente, que son formaciones semifeudales y semicoloniales del imperialismo ligadas a las clases de los grandes capitalistas y feudales. Sin embargo, como dijo Mao: “Por regla general, donde no llega la escoba, el polvo no desaparece solo”. Ya por mucho tiempo las fuerzas islámicas han distorsionado las luchas de los oprimidos del Medio Oriente, traficando con sus sacrificios y disipando su tremenda energía con cadenas ideológicas religiosas y programas políticos reaccionarios. Así, las fuerzas islámicas han contribuido a demorar las revoluciones en esta parte del mundo y así brindado un gran servicio al imperialismo.

Además, el hecho de que el imperialismo yanqui, el mayor enemigo de la humanidad en la tierra de hoy, ha proclamado como su enemigo a los fundamentalistas islámicos (aunque en realidad se trata de un ataque contra las masas de la región, so pretexto de perseguir a los fanáticos religiosos armados) genera cierto sentimiento espontáneo en las masas de los países musulmanes a favor del islam. Las masas tienden a apoyar todo lo cual sus opresores atacan con virulencia. Pero las masas necesitan una ideología científica revolucionaria que puede derrotar al imperialismo y hacer avanzar la lucha para liberar a la humanidad de las garras de toda opresión y explotación. Por ello, los comunistas revolucionarios del mundo tienen dos tareas: colocarse al frente de las luchas antiimperialistas, dirigir a las masas a derrocar los reaccionarios Estados y hacer la revolución y, como parte de hacerlo, explicarle a las masas con mayor determinación que la ideología del islam (y de otras ideologías feudal y burguesa) es un obstáculo a la liberación y que no puede derrotar al imperialismo. Para derrotar al imperialismo, las masas necesitan asumir el comunismo, que es la única ideología y el único programa auténticamente libertadores del mundo y de la historia universal. Es la única ideología que puede unificar a las masas del mundo, sin importar su religión, raza y nacionalidad, para llevar a cabo las luchas más estremecedoras contra el imperialismo, principalmente el yanqui, y todos los Estados reaccionarios que hoy dominan a los países árabes y a otros países musulmanes. Llevar a cabo esta lucha ideológica es parte integral de poder dirigir a las masas insurgentes hacia la verdadera revolución, y solamente cuando las masas vean en los hechos los modelos de la verdadera revolución, decaerá la influencia de la religión.

TRAYECTORIA

El islam político contemporáneo es un fenómeno complejo. Ha sido utilizado por diferentes configuraciones de fuerzas de clase: las potencias coloniales e imperialistas del occidente, los gobiernos reaccionarios de los países musulmanes, las fuerzas reaccionarias opuestas a esos gobiernos, y a veces las fuerzas nacionalistas como medio para movilizar la oposición de las masas a la dominación extranjera. Analizaremos el islam político que ha florecido últimamente en los países del Medio Oriente en oposición a los gobiernos de turno, que ha representado principalmente las aspiraciones y los objetivos de fuerzas reaccionarias de clase que han sido expulsadas de las estructuras de poder y que han maniobrado para mejores posiciones dentro de las estructuras existentes del Estado. Cuando y en la medida que las masas se han acercado a estas fuerzas, no lo han hecho por ningún “impulso religioso”, sino más bien en respuesta a las condiciones de injusticia que el imperialismo y sus gobiernos títeres les han impuesto.

El islam político no es un fenómeno nuevo. El islam nació como un programa político “terrenal” bajo el estandarte de la religión. Lo elaboró originalmente Mahoma de La Meca en la península arábiga. No fue la palabra de un Alá, pero su aparición en 610 A.C. fue un producto de las condiciones sociopolíticas de esa parte del mundo2.

En Europa, después de las revoluciones burguesas de los siglos 18 y 19, se redujo sustancialmente el papel de la religión en los asuntos del Estado. Sin embargo, siguió siendo un pilar del Estado en los países islámicos feudales. En las sociedades islámicas precoloniales, los ulemas (el alto clero islámico) eran uno de dos pilares básicos del poder estatal, siendo el otro el soberano o rey. Este arreglo se parecía mucho al feudalismo europeo, donde la corona y la iglesia compartían el poder y el botín feudales.

Esta subyugación colonial imperialista de los países árabes y musulmanes en el siglo 19 operó un cambio importante en el carácter de estas sociedades3. Al fin del siglo, todos los elementos feudales de la base económica y la superestructura social y política de esa sociedad se subordinaron al sistema imperialista mundial y se pusieron al servicio de él. A diferencia de América Latina, en el Medio Oriente los colonizadores utilizaron la religión local. Los británicos, en sus guerras para expulsar a los otomanos suníes de Arabia, confiaron un papel político importante al sector wahabí del islam en Arabia Saudita, y lo utilizó como fundamento moral y ético de su guerra de conquista colonial para expulsar al imperio otomano de la región. La corriente wahabí del islam y de La Meca obtuvo su actual posición de centro islámico después del establecimiento en 1932 del reino de Al-Saúd con la ayuda del colonialismo británico. En la rivalidad británica con la Rusia zarista colonial del siglo 19, los ulemas chiítas de Irán eran sus íntimos aliados. En 1816, los británicos presionaron al cha de Irán a proclamar una jihad contra la Rusia zarista. El primer libro teológico sobre la jihad en muchos siglos se escribió en la ciudad de Najaf, Irak, a órdenes del clero chiíta, a fin de crear un pretexto religioso para la guerra contra el zar ruso. Un antiguo proverbio que dice que “bajo el turbante de cada mulla se escribe `hecho en Inglaterra'”, expresa en términos populares iraníes esta alianza de británicos y mullas.

Después de la I Guerra Mundial, surgió en Egipto una corriente islámica moderna: la Fraternidad Musulmana fundada por Hasan Al-Bana (1906-1949). Luego, inspiró a otras fuerzas políticas islámicas que se desarrollaban en otros países dominados por los suníes. La Fraternidad Musulmana atraía a un sector de los intelectuales, pues proponía una ideología autóctona moderna en oposición a la ética de los colonialistas. Atraía a un sector de las masas por su oposición a la dominación británica de Egipto y a la miseria que azotaba a las masas pobres en Cairo. Pero Bana y la Fraternidad Musulmana nunca plantearon lo que se necesita para eliminar el atraso, es decir, para extirpar el feudalismo: la movilización de las masas campesinas para la revolución agraria y la emancipación de las mujeres del yugo del patriarcado. Tenían un mensaje doble: para las masas pobres, llamaba a volver a los principios del Corán y la sunna (la tradición islámica) como curación espiritual, y para los intelectuales, inquietos por la dominación extranjera y por el atraso de Egipto, ofrecía un islam moderno con una identidad “autóctona” o “nacional” mientras permitía técnicas administrativas occidentales para gobernar un país semifeudal y semicolonial. La experiencia de la Fraternidad Musulmana ilustra que el islam, al igual que cualquier religión, puede adaptarse a las formas modernas de opresión y explotación, e ilustra las limitaciones de un estandarte religioso, opuesto al revolucionario, ante la necesidad de eliminar la dominación colonial imperialista y el atraso económico y político.

En los años 1950-60, el islam político era muy marginal entre quienes se oponían al orden establecido, y se ridiculizaba al islam organizado como un proyecto títere del extranjero. La pos II Guerra Mundial operó otro cambio importante en estas sociedades. Las potencias imperialistas forjaron nuevas estructuras estatales semifeudales y semicoloniales ahí. El clero obtuvo una porción mucho más reducida del poder. Creció una tendencia política en las instituciones islámicas de los países del Medio Oriente en fuerte oposición a los gobiernos de turno. Denunciaron las camarillas gobernantes y el islam oficial, por corruptos y sin importancia. En su mayor parte, los movimientos políticos islámicos contemporáneos tienen su origen en este período, aunque sus antecesores ideológicos empezaron a elaborar su pensamiento político antes4. (Este artículo critica a las fuerzas islámicas que han desafiado políticamente a los gobiernos prooccidentales del Medio Oriente, sirviéndose del estandarte religioso del islam.)

En general, los líderes y cuadros de estos movimientos provienen del clero que aspira a reestablecerse en su antiguo lugar en la estructura gobernante o a acomodarse más con el sistema, de intelectuales urbanos descontentos de la clase media y de sectores de las clases feudal y comprador expulsadas de las estructuras gobernantes (es decir, escisiones en las clases explotadoras de esas sociedades). Sus soldados rasos provienen de las masas urbanas desplazadas atraídas por las poses “opositoras” de esos reaccionarios. Lo que define el carácter reaccionario de estos movimientos islámicos no es principalmente el origen de clase de sus líderes y sus cuadros, sino su promoción de una ideología arcaica (religiosa) que no se basa en la realidad, y que por eso no puede transformar en absoluto las realidades del mundo, y son reaccionarios porque quieren preservar las mismas sociedades opresoras de clases, haciéndolas “más islámicas” (aplicando la saría, que es la ley islámica que se basa en el Corán y la tradición, escrita después de la muerte de Mahoma y luego actualizada muchas veces por cada secta islámica). Esto solamente puede significar, como ha significado, fortalecer a los elementos feudales y patriarcales de la sociedad. Estos movimientos siguen diversas corrientes del islam (chiíta o suní, por ejemplo), pero casi todos se adhieren a los principios de la ideología islámica con matices insignificantes, y basan su futura sociedad islámica en los antiguos modelos establecidos por los profetas originales del islam. Casi todas estas corrientes favorecen la sociedad establecida por Mahoma. Todas las desgracias de los países musulmanes se explican como “desviación” en relación a este modelo original, el cual, como afirman, se corrompió después de los primeros cuatro califas (los sucesores de Mahoma).

Las fuerzas islámicas fundamentalistas se han opuesto a las potencias imperialistas y a las camarillas gobernantes de estos países con una retórica virulenta y, a veces, con acciones violentas. Pero fácilmente pueden cooptarse, para convertirse en los nuevos guardianes, a veces más despiadados, del mismo sistema podrido. Se produjo esta dinámica, de manera importante en la guerra fría, cuando el gobierno estadounidense emprendió su estrategia verde (el símbolo del islam es el color verde) en los países islámicos colindantes con la frontera sur de la URSS, para contener a su rival socialimperialista ahí y luego desmantelarlo. Los imperialistas yanquis impulsaron el desarrollo de las fuerzas fundamentalistas del islam en Afganistán en los años 1980 y, con sus aliados europeos, allanaron el camino para que Jomeini y sus secuaces secuestraran ahí una gran revolución. Bajo un falso manto revolucionario, se establecieron como la nueva camarilla gobernante, aplastando la verdadera revolución y masacrando a las fuerzas comunistas y revolucionarias. La derrota de la revolución iraní de 1979, por medio de la implantación del gobierno teocrático, fue producto de la colaboración entre las potencias imperialistas occidentales y las fuerzas islámicas fundamentalistas en Irán. Tenía razón el general yanqui Huizer al decir: “Sacamos al cha e instalamos a Jomeini”. (Ver la reseña de su libro sobre la revolución iraní en UMQG 1986/6.) En los últimos 25 años, la jihad islámica más grande la financiaron los imperialistas yanquis: la guerra de los fundamentalistas islámicos de Afganistán (su nombre genérico fue mujaidín, que en árabe significa combatientes) contra la Unión Soviética. La experiencia de las últimas dos décadas ha hecho pedazos la máscara de las fuerzas islámicas y muestra que no son ni revolucionarias ni antiimperialistas. El islam es, y solamente puede ser, una ideología y un instrumento de los explotadores.

1. CONCEPCIÓN DEL MUNDO, POSICIÓN, PROGRAMA POLÍTICO Y ESTRATEGIA POLÍTICA DE LOS MOVIMIENTOS ISLÁMICOS CONTEMPORÁNEOS

Para elaborar su pensamiento, movilizar a las masas y legitimar su programa, los líderes políticos e ideológicos de los movimientos islámicos usan varios conceptos básicos. Mediante conceptos básicos del islam e historias del pasado, mistifican la naturaleza de su ideología y programa ante amplios sectores de las masas. Es muy importante despejar esta mistificación y revelar la naturaleza de clase muy terrenal de su concepción del mundo y programa: que su concepción del mundo, aspiraciones y acciones representan ciertas fuerzas de clase en las sociedades musulmanas.

Comencemos con su manera de ver las clases.

UMMA

En el pensamiento de estos movimientos, no cabe la realidad más clara de nuestra época: que todas las sociedades se dividen en clases, que la población en todos los países se divide en categorías según su relación a los grandes medios de producción. En el pensamiento islámico hay umma: la comunidad de creyentes, sin importar a qué clase pertenecen. Este concepto encubre el hecho de que las sociedades se dividen en clases antagónicas, con intereses económicos y políticos antagónicos. Los grandes terratenientes e industriales y los comerciantes de bazar, así como los proletarios que no tienen nada que perder y los campesinos pobres (es decir, los explotadores y los explotados), todos, pueden formar parte del umma islámico.

Bajo Mahoma, el fundador del islam, los que se le unían en su lucha por el poder se contaban como parte del umma. Al principio de su lucha por el poder, el umma se cambiaba según las necesidades políticas del momento. Como parte del umma, hasta contaba con los judíos de Medina que se le unían en la lucha contra sus adversarios en La Meca. Aún entonces, su umma se dividía en clases. El Corán (las escrituras islámicas) fue escrito por Mahoma y sus socios para administrar la nueva sociedad, que se construyó sobre la base de los nómadas árabes. El Corán pone en claro las diferencias sociales y de clase en el umma: hay los que tienen y los que no tienen; hay esclavos y esclavistas; hay mujeres, propiedad de los hombres, subordinadas y obedientes a ellos; hay guerreros que comparten el botín de las guerras de conquista, con una posición socioeconómica más alta; y hay otros sectores que trabajan la tierra y cuidan los hatos de ganado. Y existe una mayor división entre el umma y el no umma: los guerreros del umma pueden convertir a sus cautivos en esclavos y tomar a sus mujeres como concubinas. Ésta es una sociedad horrible. Mahoma construyó un nuevo poder estatal y una nueva religión organizada para imponer nuevas relaciones de explotación, y las relaciones de dominación sobre la población de los territorios derrotados en la guerra e incorporados al imperio islámico. Hoy, los movimientos islámicos aplican el concepto del umma para movilizar a las masas bajo su estandarte y legitimar su causa, mientras les ocultan los intereses de clase tras ese estandarte y ese programa.

El umma es colaboracionista de clase y no científico. El concepto nació en un tiempo en que no había clases modernas de capitalistas y proletarios y tampoco potencias coloniales e imperialistas ni países oprimidos y opresores.

Encubrir los intereses de clase antagónicos no tiene nada de nuevo. En la historia de la sociedad de clases, en su lucha por el poder y el dominio de su clase, las clases privilegiadas les han mentido a los desposeídos: “Mis intereses son sus intereses”. Es una demagogia que siempre usan las potencias imperialistas y los Estados reaccionarios. Hasta las burguesías europeas en ascenso del siglo 18 proclamaban la “universalidad” de su visión y sus objetivos. Y en las naciones oprimidas, los representantes políticos de las pequeñas clases burguesa y terrateniente, que aspiran a entrar a la estructura de poder, usan este argumento para obtener el apoyo de las masas. Así, las fuerzas reaccionarias expulsadas del gobierno pueden traficar con las masas para recuperar sus puestos. Sí existe la unidad del umma, pero lo único que significa es que el pueblo sigue bajo el dominio de los mullas.

LA UNIDAD MUNDIAL DEL UMMA

Los movimientos islámicos llaman a la unidad internacional sobre la base del umma. Ante todo, es un proyecto imposible porque el umma se divide en decenas de fes. El islam se ha dividido desde sus principios. Veamos la República Islámica de Irán y sus hermanos correligionarios, los talibanes de Afganistán. En Irán, los suníes son oprimidos por los gobernantes chiítas. En Afganistán, los partidos islámicos de suníes, chiítas y wahabíes se matan entre sí. En El Líbano, el Hesbolá (“hesbolá” significa el Partido de Dios, y también es un nombre genérico para fundamentalistas islámicos) se dicen luchadores para la liberación de Palestina, pero ni siquiera pueden acercarse a los refugiados palestinos porque los musulmanes palestinos son suníes y Hesbolá es chiíta. Segundo, la unidad internacional islámica es una unidad reaccionaria. Llama a creer en un ser sobrenatural y a unirse a partir de una fe que se estableció hace 14 siglos. Es reaccionaria porque divide a los oprimidos del mundo, que comparten un enemigo común, el imperialismo mundial, a partir de la fe religiosa de sus antepasados. El islam ni siquiera puede unir a los oprimidos de un solo país (ni hablar de varios países) contra los imperialistas que los dominan. En los países oprimidos, hay distintas tradiciones religiosas. Veamos a Palestina: hay cristianos y musulmanes que conforman la población. ¿Cómo es posible que Hamas (el partido islámico en Palestina) unifique toda la nación palestina contra el enemigo común, el Israel colonialista? No lo ha hecho, y no lo hará, y ha obstaculizado tal unidad. Los proletarios de Egipto, Irán, Perú, España y Estados Unidos pueden y deben unirse entre sí sobre la base de su enemigo común y su futuro común, pero no pueden y no deben unirse con las clases capitalista y feudal de sus países sobre ninguna base, sea religiosa u otra “tradición”, real o ficticia. Llamar a la unidad islámica internacional les hará el juego a las potencias imperialistas, sobre todo los yanquis, que llaman a las masas del occidente a unírseles sobre la base del “choque de las civilizaciones”: la civilización occidental, basada en la tradición judeocristiana, contra la islámica, la china y otras “civilizaciones”.

Lo irónico es que los predicadores del umma entran de manera fácil y cómoda en arreglos políticos y unidad con las potencias imperialistas y los Estados reaccionarios. Por ejemplo, Reagan, el presidente yanqui, afirmó una vez respecto a la República Islámica de Irán, el primer Estado contemporáneo nacido del movimiento islámico: “Los mullas son nuestros amigos”. Y tenía razón. Bajo la República Islámica de Irán, el flujo de petróleo (el eje de la integración de Irán al sistema capitalista mundial) no se interrumpió ni un solo día. El gobierno, con la dirección del ayatola Jomeini, reprimió la lucha de los trabajadores petroleros para parar el saqueo de los recursos petrolíferos de parte de las empresas occidentales, y hoy, más de dos décadas después, la economía del país aún depende fuertemente de la venta de petróleo en el mercado mundial por 20 mil millones de dólares al año. Aunque las relaciones con los Estados Unidos supuestamente se cortaron, la República Islámica cumplió todos sus compromisos con las potencias occidentales y el sistema capitalista mundial por medio de los Estados europeos. Llevó a cabo operaciones conjuntas encubiertas con la CIA para financiar a la contrarrevolución5 en la Nicaragua sandinista. Mantuvo relaciones secretas con el gobierno israelí mientras denunciaba a las fuerzas revolucionarias de Irán como “agentes del sionismo”.

Lo mismo se aplica a los grupos de militantes islámicos de otros países. Por ejemplo, Afganistán ha tenido diversos gobiernos islámicos que eran fieles aliados del imperialismo yanqui y otros Estados reaccionarios, como Paquistán y Arabia Saudita. Según Bin Laden de Al Qaeda, el rey saudita formaba parte del umma mientras no se apostaban fuerzas militares yanquis en su territorio. Para los comunistas revolucionarios, el rey saudita era un lacayo del imperialismo yanqui y Arabia Saudita era una neocolonia de los Estados Unidos mucho antes y después de que se apostaran ahí las fuerzas militares yanquis en 1990. Y para nosotros no importa si la familia real saudita sigue formando parte del umma. El gobierno saudita no fue y no será parte del pueblo y siempre ha sido una pandilla de explotadores que hay que derrocar.

El concepto del umma es una reaccionaria estrategia de frente único de parte de las clases feudal y capitalista que luchan por un arreglo favorable de los gobiernos de sus países y de las potencias imperialistas.

Los líderes de los movimientos islámicos han propagado con cierto éxito el concepto del umma (o estrategia de frente único). Hay una base para este éxito, aunque sea en detrimento de las masas de obreros, campesinos y oprimidos. La subyugación nacional de las sociedades musulmanas (por el colonialismo y el imperialismo en combinación con la estructura semifeudal que domina estas sociedades) pone la base material para que la estrategia del umma obtenga cierto apoyo de los oprimidos. Y la estructura semifeudal significa que los nexos tribales, y religiosos, en el seno del pueblo todavía pesan.

Las fuerzas islámicas (y hasta las fuerzas nacionalistas laicas) han criticado la introducción de conceptos de clase en los movimientos políticos de los países oprimidos, porque no se oponen a la opresión y la explotación de clase. Defienden el derecho de los terratenientes feudales a tener la tierra y sobre esa base, a explotar al campesinado pobre y sin tierra; y defienden la propiedad capitalista de los medios de producción y la explotación de los obreros. Defienden las relaciones sociales opresoras, en especial, la subyugación de la mujer por el hombre. Estas fuerzas no consideran al imperialismo como la fase superior del capitalismo, llaman “imperialistas” a las potencias occidentales cuando éstas no les dejan suficiente espacio para administrar sus respectivos órdenes sociales opresores.

Como el imperialismo oprime a estos países, es necesario un frente único nacional contra el imperialismo; y la experiencia ha probado que si tal unidad se forja bajo la dirección de fuerzas feudales, tribales y burguesas, traicionará a las masas obreras y campesinas y hasta a la nación. El que la unidad nacional que se necesita tanto contra el imperialismo la dirijan una visión y un programa proletarios y un partido comunista es una cuestión de vida o muerte para toda revolución auténtica en los países dominados por el imperialismo. Ni las fuerzas islámicas ni las fuerzas nacionalistas burguesas laicas pueden forjar y dirigir una unidad nacional revolucionaria contra el imperialismo que pueda liberar a los países oprimidos del yugo del imperialismo.

Como ha demostrado la experiencia, todas estas fuerzas prefieren unirse con los imperialistas para reprimir a las fuerzas revolucionarias y a los obreros, campesinos, mujeres e intelectuales progresistas. Como esclavistas pequeños, tienden a unirse a los esclavistas grandes. Hace 1.400 años, Mahoma de La Meca llamó a la unidad a partir de una nueva fe universal a fin de romper la fragmentación tribal y forjar un Estado unificado en la península arábiga. Hoy, las sociedades islámicas ya no se dividen en tribus; la explotación feudal y capitalista las dividen en clases y poderosos países imperialistas las oprimen. Hoy, éstas son las divisiones que hay que eliminar y solamente pueden eliminarse mediante revoluciones de nueva democracia y socialistas.

FITNA:EL PUEBLO NO TIENE DERECHO A LA REBELIÓN

Fitna(escisiones e intrigas) es otro concepto que usan los islámicos. Un intento de dividir el umma se llama fitna. Así que ¡el análisis científico de las clases es el fitna más grande! A todos los argumentos de arriba se les llama fitna porque revelan que el umma no es un conjunto indivisible. Por ejemplo, en la República Islámica de Irán, se han llamado grandes fitnas las huelgas obreras y las luchas de los kurdos oprimidos y de las mujeres por sus derechos. No se ha permitido ninguna iniciativa de las masas para tomar el destino en manos propias. Durante y después de la revolución de 1979 en Irán, era fitna y un peligro para el islam la acción libertadora de las masas de obreros, campesinos, intelectuales revolucionarios y mujeres en todo el país que subían al escenario político. Jomeini aplastó todas esas fitnas a fin de consolidar su dominio reaccionario.

El islam, como el cristianismo, el judaísmo y otras religiones abrahánicas en general, no resiste la crítica, la innovación y toda cosa que perturbe el pensamiento estéril, estúpido y rígido. Puede tolerar el pensamiento en las ciencias exactas y las ciencias médicas, pero nunca en las ciencias sociales. La historia de la evolución humana y de la sociedad humana, y sobre todo la creación de los dioses y de las religiones por el hombre en cierto período histórico del desarrollo de las fuerzas productivas y del conocimiento humano, son tabúes en las escuelas de los movimientos y grupos islámicos. El islam no ve ninguna necesidad para “desarrollarse”, ni para corregir sus defectos mediante un análisis autocrítico. Esto se debe a que el islam, al igual que todas las religiones, dice abarcarlo todo para todo el tiempo. La contradicción entre una ideología rígida y un mundo de cambio constante y el desarrollo del conocimiento humano se trata mediante conceptos que se parecen a los de la Inquisición cristiana, que se llaman en el islam nifagh (escisión) o kofr (blasfemia)6. Toda innovación en el pensamiento islámico dominante se llama la escisión o la rebelión. Jomeini ni siquiera toleraba las “innovaciones” menores introducidas en la doctrina del islam por Ali Shariati (un reformador de la religión chiíta)7 o la Organización de los Mujaidines del Pueblo de Irán. Les llamó munafigheen (escisionistas). Cada corriente del islam tiene sus propios escisionistas y en la historia del islam se han librado guerras sangrientas sobre los nifagh entre las corrientes del islam. Kafir es el término que se aplica a “los de afuera” que no son islámicos o que critican al pensamiento religioso. Según el islam, quien critique sus principios es kafir y sujeto a la pena capital. A diferencia de lo que dicen las llamadas “fuerzas islámicas modernas”, esta ley se inscribe en el Corán. Los comunistas son kafir.

Uno de los capítulos vergonzosos de la historia del movimiento islámico contemporáneo ha sido el asesinato de apreciados intelectuales y personalidades literarias en los países islámicos, árabes como no árabes. Por ejemplo, el asesinato de Kasravi por el movimiento islámico clandestino en Irán, hace 50 años, fue una tragedia nacional. Fue un crítico e historiador temprano y moderno, cuyos excelentes libros sobre la historia de la revolución constitucional iraní de 1905 son tesoros de la historia popular del país. Los socios del ayatola Jomeini lo mataron porque era un crítico valiente y abierto al oscurantismo religioso y al aparato clérigo reaccionario del país. Hoy, la República Islámica de Irán alaba como héroe al asesino. La eliminación sistemática o la expulsión forzosa de los intelectuales del pueblo por el gobierno iraní ha sido una tragedia nacional, cuyas dimensiones todavía no se conocen en el mundo. Y los integrantes de Hesbolá en los países árabes asesinaron a muchos escritores y artistas: el Dr. Hossein Morovat en 1987; unas semanas después el Dr. Mehdi Amel; el célebre y valiente caricaturista palestino Naji Alali; y Turhan Dursun a inicios de los años 1990. Los acusaron de servir al sionismo, pero su asesinato ha sido la máxima traición nacional por parte de los islámicos. Con tales compatriotas, ¿quién necesita colonialistas sionistas?

Bajo la ley islámica, los munafigheen, y los musulmanes que abrazan otra religión o se convierten en ateos, están sujetos a la pena de muerte. Bajo el gobierno de Jomeini, fueron ejecutados miles de comunistas y musulmanes tipo mujaidín. La mayoría eran revolucionarios que habían luchado para derrocar al gobierno del cha. A los comunistas que libraron la lucha armada contra la República Islámica de Irán se les condenó a muerte dos veces: primero por ser herejes y segundo por “Rebelión Contra Dios” (mohareb ba khoda).

TAGHLEED: LÍDERES Y MASAS

El taghleed significa obedecer a un gran ayatola8 en todos los aspectos de la vida. Este concepto es principalmente chiíta, pero existe con algunas variaciones en otras corrientes del islam. Según este concepto reaccionario, las masas son ovejas que necesitan a pastores; revela que en la teoría islámica no hay lugar para que las masas tomen en manos propias su destino de manera consciente y luchen por sus propios intereses. Los pastores son los ayatolas o el imán (el líder infalible escogido por los ayatolas), que se encargan de pensar por las masas, juzgando cada detalle de su vida y diciéndoles cómo vivir. Los conceptos de taghleed y del imán remachan esta relación reaccionaria entre las masas y los líderes que supuestamente son los hombres de dios en la tierra. Según la concepción del mundo islámica, no se encuentra nunca nada que se parezca a lo que los comunistas llamamos “la línea de masas”, ni al concepto de que “las masas hacen la historia”. Ni siquiera existe nada que se parezca a la visión de la burguesía en ascenso acerca de la creatividad de los seres humanos y su capacidad de razonar y cambiar la suerte por su cuenta, sin depender de un dios y de la iglesia. A mediados de los años 1980, el Dr. Hamood Al-Oodie, un profesor de la Universidad de Sanaa (capital de Yemen), publicó sus investigaciones acerca del antiguo sistema agrícola yemení, mostrando que fue una gran hazaña de las masas de la región. Lo atacaron despiadadamente las fuerzas islámicas, que afirmaron que todas las cosas en la tierra son la obra y la creación de dios; dijeron que este profesor había cometido la “apostasía” al dar crédito a las masas de Yemen. (Ver Salman Rushdie y la verdad de la literatura, de Sadik J. Al-Azm.)

Así que los ayatolas pastorean a las masas en la vida cotidiana, y cada uno tiene sus propios libros que dictan en detalle el comportamiento diario y a largo plazo de los creyentes, con códigos éticos opresores y reaccionarios para las mujeres y acusaciones contra ellas. Estos mullas, parásitos que nunca han usado las manos para ganarse la vida, pasan días sudando en debates religiosos para formular sus tonterías y estupideces a fin de mantener a las masas obedientes e ignorantes.

JIHADY SHIHADAT

La jihad es uno de los principios más importantes del islam y un requisito para cada musulmán. Significa librar la batalla en el sendero de dios. Pero, ¿qué es, contra quién hay que librarla y qué hay que lograr en la tierra? ¿Cuál es la naturaleza de la jihad en Palestina? ¿Es una guerra nacional para reconquistar la tierra robada a los campesinos y al pueblo de Palestina por los colonizadores, o es una guerra religiosa para recuperar los lugares santos? ¿Qué es la jihad en Argelia? ¿Por qué dios (o sus representantes) quiere masacrar a miles de campesinos en nombre de la jihad?

Los objetivos de cualquier guerra y la manera de hacerla revelan qué tipo de sociedad surgirá de ella. Como a los fundamentalistas islámicos les gusta volver a los principios, veamos la época de Mahoma. Desde el principio, la jihad ha sido muy política por naturaleza. Mahoma hizo 65 guerras en 9 años para forjar un nuevo Estado, con nuevas relaciones económicas y políticas. Muchos versos del Corán al respecto se elaboraron en esos años. Después, sus descendientes hicieron una jihad para extender el imperio feudal del islam a otras partes del mundo. Para movilizar a las masas como solados rasos y legitimar su difícil lucha por el poder, tenía que encubrir la naturaleza de la guerra en el ropaje místico de la religión: que la jihad la ordena un ser sobrenatural. Tenía que hacer promesas viables a corto y largo plazo: quienes hacen la jihad y no mueren comparten el botín de la guerra; quienes se mueren en la jihad van al cielo. Se garantiza. Y desde luego, hay muchos bienes materiales “mejores” en el cielo, como muchas “mujeres vírgenes” y niños a la disposición de los hombres. O sea, drogar y sobornar a los soldados de la jihad en el sendero de dios. Si los vencidos no aceptaban pagar indemnizaciones, se les mataría y sus hijos serían vendidos como esclavos. Ésta era la sociedad que prometía la jihad.

En el pensamiento islámico, no existen conceptos modernos como “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, la “guerra de clases” o la “guerra nacional”. Solamente hay guerra entre los “creyentes” y los demás; dar-al-islam contra dar-al-harb (la tierra del islam contra la tierra de los no creyentes). Pero eso no significa que los movimientos islámicos fundamentalistas no tienen objetivos políticos en la jihad, ni en otras estrategias. Con ambigüedades, engañan a las masas desesperadas. En la guerra antisoviética en Afganistán, los mujaidines de Afganistán y Osama bin Laden les decían a las masas que “luchaban por Dios”. No iban a decirles la verdad, que “luchaban por la CIA”. A pesar de su fanfarria, Bin Laden, la República Islámica de Irán y fuerzas afines siempre serán los soldados rasos de los grandes reaccionarios del mundo.

Algunos grupos islámicos llaman a una jihad contra las potencias imperialistas porque éstas son “infieles” que han dominado los países islámicos, pero la jihad contra los imperialistas se burla de la lucha contra éstos. No tiene nada que ver con las guerras que se han librado contra las potencias imperialistas: la gran revolución rusa de 1917; la guerra de China contra el Japón imperialista y el gobierno títere impuesto por los Estados Unidos en China, que condujo a la victoria de la revolución china en 1949; la sonora paliza que recibió en Corea el ejército yanqui en 1953 a manos del pueblo y del Ejército Rojo chino; y la derrota humillante del ejército yanqui a manos de los vietnamitas. Hoy, las guerras populares en el Perú y en Nepal se desarrollan en medio de avances y retrocesos, a partir de una estrategia que puede vencer (la guerra popular), y que ya, aún antes de la victoria, han establecido bases de apoyo rojas donde las masas ejercen el poder político. Las victorias de las guerras populares no dependen de ningún dios sino del pueblo: de una estrategia desarrollada por el proletariado en el siglo 20 y puesta a prueba en la práctica, de la aplicación creativa de esta estrategia y de la dirección de un partido comunista revolucionario, y de la creatividad y la audacia del pueblo.

Lejos de sembrar miedo en el corazón de las potencias imperialistas, la jihad de los fundamentalistas islámicos ha desatado terror contra las masas. Por ejemplo, en Irán, Afganistán y Argelia. En las jihad de los grupos islámicos contra las camarillas gobernantes de los países del Medio Oriente, ¿cuántos comandantes y soldados de los ejércitos argelino, saudita y egipcio, o de las fuerzas de ocupación de los imperialistas en el Medio Oriente, han muerto? Poquísimos. Por otra parte, están las masacres de presos políticos por Jomeini en 1987 y del pueblo kurdo en Irán, el incendio y saqueo de los barrios de grupos religiosos minoritarios, como los Baha'i, los asesinatos secretos de intelectuales progresistas y la prohibición de su obra, y la masacre de las masas de ciertas aldeas de Argelia por el Frente Islámico de Salvación. En Afganistán, las invasiones por parte de los talibanes y de la Alianza del Norte, al territorio de unos a otros, en la última década, en que han matado indiscriminadamente y violado a niñas y mujeres como premio de la jihad, son las jihad “alabadas por Dios”. Las grandes jihad de las últimas dos décadas, como la guerra entre Irán e Irak y la guerra de los mujaidines afganistaníes contra el ejército de ocupación soviético, recibieron la ayuda y se libraron con los fusiles avanzados “enviados por Dios” despachados de los arsenales de las potencias imperialistas occidentales y con la ayuda de su espionaje satelital. Lo que hace que la jihad sea reaccionaria es que no libra la lucha armada. El mundo muestra que el poder político nace del fusil. Son los objetivos políticos y sociales de la jihad y la manera de hacerla que la hacen reaccionaria9.

En los años 1980, los movimientos islámicos fundamentalistas llamaron a la jihad para tomar el Poder e instaurar sociedades islámicas de saría. Pero sus llamados se han cambiado hasta cierto punto. Hoy, la mayoría de ellos llaman a la jihad como medio para asestar golpes a los enemigos del islam y por la causa de la autodepuración islámica. El éxito de la jihad ya no se garantiza, pero se dice que la victoria se obtendrá cuando así lo dispone dios: toufigh men alá. Esta cháchara supersticiosa suena a la política moderna. Les dice a las masas: “Permítame utilizarlas de manera eficaz y no pregunten por qué no cambian las cosas o cuándo obtendrá la victoria”. Dos cambios han influido en la transformación del pensamiento de los movimientos islámicos fundamentalistas: 1) después de la guerra fría, perdieron sus grandes aliados de entre las potencias imperialistas y 2) la bancarrota de los Estados islámicos de Irán y Afganistán, donde han persistido la pobreza, la dependencia del imperialismo y muchas injusticias sociales para la gran mayoría de las masas, y la imposición de la saría ha empeorado la suerte del pueblo. Estos proyectos han mostrado que la prometida sociedad islámica no es el Edén, sino la continuación del atraso, la pobreza, la ignorancia y la discriminación, y la subyugación y la humillación nacionales.

Junto con la jihad existe el concepto de shihadat o martirio por la causa. Hay una gran diferencia entre el shihadat y el concepto revolucionario de la osadía y la disposición a dar la vida por la revolución. Este último apunta a obtener la victoria: la toma del Poder por los obreros, campesinos y otros oprimidos y el derrocamiento de la apropiación privada y la explotación. En el shihadat, la realización de una meta política terrenal es secundaria y lo primario es ascender a la cima de la “proximidad a Dios”. El shihadat es el objetivo más elevado de la jihad. Martirizarse (shahid) es una meta en sí, es prepararse para viajar al otro mundo y obtener el bienestar y la felicidad en el otro mundo. Eso es lo que hace reaccionaria la doctrina del shihadat.

Por las horribles condiciones de vida, las masas tienen suficientes razones para querer golpear al enemigo por todos los medios que sean posibles. En Palestina, el grupo islámico Hamas, al fomentar ataques suicidas, da rienda suelta a la furia de las masas y las deja como espectadores de actos individuales, por espectaculares que sean, y no emprende el excelso camino de encontrar la manera de convertirlas en participantes de la lucha armada colectiva sostenida. El shihadat se basa en la desesperación y la falta de esperanza de las masas de que pueden cambiar este mundo, y las nutre. Las masas necesitan una ideología revolucionaria y científica que pueda elevar su conciencia y enseñarles las verdaderas estrategias de guerra, que puedan ganar contra poderosos enemigos. Las masas de los países mesoorientales no necesitan la jihad, pues es el producto de una antigua sociedad opresora. La jihad solamente traería más sufrimiento. Con la jihad, las masas no pueden deshacerse de los poderosos Estados reaccionarios y sus amos imperialistas. Las masas necesitan ver de manera científica que pueden derrocar a un enemigo tan fuerte como las potencias imperialistas mediante una estrategia correcta. Y para derrotar al enemigo mediante esta estrategia, habrá una enorme necesidad para la audacia y el sacrificio por parte de las masas, incluso para dar la vida. Pero dar la vida no es el objetivo. El objetivo es acabar con el enemigo y destruir el sistema de explotación destruyendo las potencias que lo protegen, al centro del cual se hallan sus Estados y sus ejércitos.

La ideología religiosa enseña una salida ilusoria de este mundo horrible. El marxismo enseña a enfrentarse al mundo como es y a cambiarlo en consecuencia. El marxismo se basa en la realidad del mundo material y por eso puede cambiarlo. El marxismo enseña que no hay ningún ser sobrenatural. Las masas sí necesitan la “magia”, pero ésta ha sido siempre un producto humano consciente y solamente puede serlo. Y hoy, puede producirse si las masas ejercen la única ideología y ciencia que les pertenecen. El marxismo, siendo materialismo consecuente, tiene que desarrollarse constantemente. Y así lo ha hecho; sin este desarrollo se morirá. El marxismo se ha desarrollado mediante revoluciones que hicieron y hacen época y, absorbiendo el conocimiento avanzado que adquieren los seres humanos mediante la producción y la experimentación científica, se ha desarrollado hasta el marxismo-leninismo-maoísmo. Ésta es la poderosa ideología revolucionaria científica del proletariado. Es esta clase que, con la dirección de sus magistrales representantes, Marx, Lenin y Mao, ha podido producir una concepción del mundo científica, una línea política, militar y económica que refleja los intereses de las masas explotadas. Por primera vez en la historia de la sociedad de clases, las masas explotadas no tienen que recurrir a las ideologías que vienen de los antiguos y modernos arsenales de las clases explotadoras.

2. LOS FACTORES QUE ENGENDRAN LAS FUERZAS ISLÁMICAS

Hace 30 años eran laicas la gran mayoría de las fuerzas políticas opuestas a las camarillas gobernantes de los países mesoorientales y sus amos imperialistas: comunistas auténticos, pseudocomunistas prosoviéticos y nacionalistas laicos. Por ejemplo, en Irán, Egipto y Palestina. Después de la II Guerra Mundial, en Irán dos fuerzas políticas importantes se oponían al gobierno del cha y sus amos imperialistas: el partido prosoviético Tudeh y el Frente Nacional encabezado por Mossadegh, quien fue derrocado en 1953 en un golpe de Estado de la CIA y los mullas. En los países árabes, eran principalmente fuerzas nacionalistas laicas. En Egipto, estas fuerzas fueron encabezadas por Yamal Abd al-Nasir, quien enarboló la bandera de la oposición a la dominación extranjera mientras reprimía a las verdaderas fuerzas revolucionarias. En Palestina, fuerzas nacionalistas laicas y fuerzas políticas de izquierda dirigían la lucha contra Israel, mientras que las fuerzas islámicas obtuvieron influencia principalmente en los años 1980. ¿Cuáles son los factores que han impulsado los movimientos islámicos? Hay que examinar lo siguiente: 1) cómo las políticas deliberadas del imperialismo llevaron a las fuerzas políticas islámicas al escenario político; 2) cómo el funcionamiento destructor del sistema imperialista ha provocado el desarrollo de estas fuerzas; y 3) cómo la represión sangrienta y los fracasos de los comunistas revolucionarios dejaron un vacío que podían llenar.

Un clara causa de la mayor influencia de las fuerzas islámicas ha sido la política deliberada de las potencias imperialistas occidentales y sus Estados títeres en el Medio Oriente: de contener a las masas revolucionarias, así como los avances de sus rivales imperialistas soviéticos, impulsando las fuerzas islámicas. En los años 1970, en el Medio Oriente, se desarrolló una red de mezquitas con el aval y el impulso de los respectivos gobiernos. En 1977, el general paquistaní Zia ul-Haq lanzó un golpe de Estado con apoyo yanqui contra Bhutto e introdujo la saría en la constitución. En Irán, se fundó la Asociación de la Filosofía Monárquica encabezada por académicos islámicos educados en el occidente, con la premisa de que la sociedad iraní necesitaba una nueva identidad ideológica con una fuerte dosis del islam. Mientras las fuerzas comunistas revolucionarias fueron perseguidas, asesinadas, encarceladas o exiladas por el gobierno del cha, muchos foros de discusión islámicos propagaron el pensamiento islámico en el seno de los intelectuales. Se permitió que la alianza del clero y los mercaderes del bazar y los usureros extendiera la red de mezquitas y prédicas islámicas de casa en casa, y hasta se les concedió una considerable libertad para incluir críticas al cha. Una pequeña organización guerrillera clandestina de la izquierda islámica, los Mujaidines del Pueblo de Irán, no gozaba de esa libertad. En 1980, después del golpe de Estado militar en Turquía, los generales pro-Ataturk de tendencia laica fueron a Suiza para regresar al líder islámico Arbakan del exilio que le habían impuesto antes. Volvió para formar el Partido Islámico Refah. A las fuerzas islámicas les dio espacio para establecer su control sobre las masas y millones de dólares para escuelas islámicas. Durante la contrainsurgencia contra la insurrección kurda, el ejército turco contó con mucho apoyo de fuerzas de Hesbolá.

Aunque los gobiernos de las sociedades opresoras del Medio Oriente tenían una deliberada política de poner a las fuerzas islámicas en el escenario político, cabe preguntar cuáles procesos las producen y reproducen. Estas fuerzas no pueden reducirse a “ecos del pasado”, aunque prometen regresar sus respectivas sociedades al pasado. Son productos de las estructuras modernas de las sociedades del Medio Oriente, que a su vez son productos de la profunda penetración imperialista de estas sociedades que las ha reorganizado e integrado a la red mundial del sistema imperialista. Este proceso ha sido muy tumultuoso y uno de los más horribles de la historia, por el sufrimiento humano que ha impuesto. Éste es un proceso continuo que genera crisis y sufrimiento en gran escala para los pueblos del mundo, siendo la “globalización” su capítulo más reciente.

El ascenso del fundamentalismo islámico refleja la crisis irremediable de los Estados neocoloniales de esta región, su masiva pobreza permanente, mientras se sacan enormes riquezas de la región para el occidente. Refleja el ascenso y la decadencia espasmódicos de las clases medias; el desplazamiento de la población de un extremo del país al otro, y del interior al exterior del país; y el interminable choque entre estar estancados en el precapitalismo y caer forzosamente al vorágine del capitalismo mundial. Estos países están en constante tumulto. Hasta las clases reaccionarias padecen cruentas escisiones y rivalidad despiadada.

El islam ha sido la ideología dominante de las sociedades mesoorientales desde hace mucho. Y el poder religioso ha formado parte de las estructuras gobernantes, antes como después de la dominación de la región por las potencias coloniales e imperialistas del occidente. Sin embargo, su posición en las estructuras gobernantes se cambió en algunos aspectos después de las dos guerras mundiales. Después de la I, los británicos llevaron a cabo transformaciones importantes en los países que dominaban. Recurrieron a lo que ahora se llama la “construcción de naciones”: establecer Estados centralizados con ejércitos y fuerzas policiales modernos, carreteras y ferrocarriles, etc. Eso formaba parte de la construcción de fortalezas contra la recién nacida Unión Soviética socialista y engendró a personalidades como Reza Cha de Irán y Ataturk de Turquía. Después de la II Guerra Mundial, se dio otro viraje. Asumiendo el lugar del imperialismo británico, el gobierno yanqui llevó a cabo una reestructuración económica y política importante en varios países que ya dominaba. El resultado fue una nueva configuración de clases: creció la clase obrera y un sistema educativo moderno generó a intelectuales modernos, algunos de los cuales se convirtieron en funcionarios y tecnócratas del Estado, mientras que otros se sumaron al ambiente progresista y revolucionario. Se enajenó a gran parte del poder religioso y en la mayoría de los países se abolió su poder de vetar la legislación.

Las fuerzas islámicas que tomaron el Poder en Irán en 1979 habían sido echadas de las estructuras de poder después de la II Guerra Mundial. Después de las dos guerras mundiales, la base económica feudal y la superestructura correspondiente recibieron duros golpes de la penetración imperialista. El poder clerical, que había sido un poderoso pilar del poder estatal, fue dejado de lado, primero después de la I Guerra Mundial cuando los británicos introdujeron una estructura estatal semicolonial centralizada y luego después de la II Guerra Mundial, cuando el gobierno yanqui patrocinó las reformas agrarias y de otro índole que llevó a cabo el cha de Irán en los años 1960 bajo el nombre de la “revolución blanca”; éstas debilitaron en una medida importante al clero. Pero la revolución blanca no eliminó el feudalismo, sino que reorganizó el modo de producción semifeudal y lo ligó a las relaciones imperialistas globales. Además, como la mayor penetración de las relaciones “modernas” se basaba en el capitalismo y conservaba las estructuras estatales existentes, no buscaba una confrontación con los representantes, ideas e instituciones feudales, sino que buscaba compromisos con ellos para integrarlos al sistema colonial. El ayatola Jomeini protestó por dos aspectos de la revolución blanca del cha: el reparto de la tierra a los campesinos, por limitado que era, y la concesión del derecho a votar a las mujeres. Cuando la ofensiva “modernizadora” tambaleaba, las fuerzas islámicas excluidas volvieron a presionar al cha y a sus amos imperialistas. La modernización imperialista creó una economía desequilibrada y desarticulada a tal grado que, aparte de imponer el sufrimiento a millones de personas, dejó de ser funcional.

A partir de los años 1960, se desarrolló una dinámica semejante en Egipto y otros países. La “modernización” ahí desterró a enormes cantidades de campesinos, pero el capitalismo burocrático no podía absorberlos en las pocas fábricas modernas, agroindustrias y construcción infraestructural.

Éste fue un fenómeno importante en todo el Medio Oriente. Las grandes ciudades se llenaron de desplazados del campo. La clase media urbana, que había crecido en los años 1960, empezó a sentir la presión; con su crecimiento, crecieron el sistema educativo laico y el número de estudiantes universitarios. Los movimientos islámicos, con raíces en los centros clericales, maniobraron para sacar provecho de la furia de las masas pobres, que llenaban las ciudades, y de un sector de los intelectuales urbanos.

Los comunistas revolucionarios, las fuerzas religiosas oscurantistas y los nacionalistas se encontraron, por un tiempo corto pero intenso y turbulento, en el mismo campo contra el cha de Irán y sus amos yanquis. Un sector de los pobres urbanos, principalmente el campesinado desterrado, siguió al ayatola Jomeini. Esos pobres desplazados no son intrínsecamente islámicos. La ideología islámica nace espontáneamente en las estructuras semifeudales de la sociedad y está ahí para que las masas sufridas recurran a ella. Pero en un desfile semejante al que acogió a Jomeini en 1979 en Teherán, la capital del país, los pobres urbanos marcharon una década antes en luto por una cantante y bailarina popular llamada Mahvash.

El tercer factor importante es la crisis del movimiento comunista a nivel internacional. La restauración capitalista en la URSS a mediados de los años 1950 fue la primera fuente de esta crisis. El islam no obtuvo un lugar tan prominente en las masas que se oponían al orden establecido debido a su vigor político, claridad teórica o radicalismo práctico. La crisis del movimiento comunista internacional creó un enorme vacío de dirección entre las masas, que fue llenado por las fuerzas islámicas, entonces impulsadas con virulencia por las potencias imperialistas occidentales. Al igual que las revoluciones socialistas de Rusia (1917) y de China (1949) y la Gran Revolución Cultural Proletaria (1966) dieron un tremendo impulso a los movimientos comunistas y revolucionarios laicos en el Medio Oriente y el mundo, la restauración capitalista en la Unión Soviética y la traición contra los movimientos de liberación nacional, por ella y por los llamados partidos comunistas prosoviéticos, constituyeron un golpe a las fuerzas comunistas auténticas. En aras de los intereses de la política exterior soviética, los partidos prosoviéticos empezaron a colaborar con gobiernos reaccionarios. Por ejemplo, “descubrieron” elementos “progresistas” en el cha de Irán y en el socialismo árabe y el socialismo islámico en los países árabes. El golpe de Estado revisionista en China (1976) representó el segundo golpe importante, que en los años 1980 provocó una enorme crisis en los movimientos comunistas de esos países, como a nivel mundial. Esas derrotas, junto con la represión sangrienta de los comunistas revolucionarios auténticos por los gobiernos reaccionarios y los imperialistas, crearon una oportunidad para el crecimiento de la oposición bajo el estandarte islámico. Cuando no existe ninguna alternativa al idealismo, oscurantismo e imperialismo, los reaccionarios sacan provecho.

Cuando China era una base de poder rojo, representó una manifestación contundente de la revolución y una visión revolucionaria de la sociedad. Era un poderoso imán para los oprimidos de todos los países. Era un estandarte para quienes se atrevían a cambiar el mundo y no esperar que algún dios decida si valiera la pena. Era un luminoso ejemplo del internacionalismo, ayudando a todas las luchas de los pueblos del mundo. Infundía ánimo a los oprimidos del mundo.

LA LOCURA IMPERIALISTA NO ES MEJOR QUE EL FUNDAMENTALISMO ISLÁMICO

Como reacción al fundamentalismo islámico, existe una tendencia de los intelectuales de los países mesoorientales a proclamar que los problemas fundamentales de esos países vienen desde “adentro”, que “no podemos culparles a los extranjeros de todo”; en otras palabras, no culpar al colonialismo y al imperialismo. Este argumento tiene algo de verdad en el sentido de que llama la atención a los problemas milenarios que asfixian a los países de la región y a muchos países más; es decir, los grandes vestigios del feudalismo. No obstante, desde la integración de esos países al sistema imperialista mundial, se han entrelazado esos problemas “internos” y “externos”: el problema es la dominación de ciertas clases y su ideología dominante y poder político que hoy se entrelazan íntimamente con la dominación económica y política del imperialismo. Esas clases son el producto de la explotación capitalista y feudal de los obreros y campesinos, y a su vez están integradas en un sistema mundial. No se pueden buscar los problemas actuales de esos países en el pasado, pues los países oprimidos de hoy son productos de la época imperialista. Sin identificar correctamente los obstáculos al progreso de esas sociedades, no se pueden encontrar soluciones. Las fuerzas islámicas y quienes absuelven al imperialismo se equivocan acerca de las causas básicas de los problemas. Por eso, sus soluciones son erróneas. Los primeros proponen volver al pasado con programas reaccionarios. Los segundos cierran los ojos a la barbarie imperialista porque sus bombas son supuestamente las semillas que propagaran la modernización y la ilustración en esos países. Esta línea proimperialista siempre ha existido en los sectores superiores de los intelectuales de la región. A menudo, a pesar de sus propias intenciones, les ha convertido en tecnócratas del imperialismo.

Es el sistema capitalista mundial (el imperialismo) el que conserva los Estados reaccionarios en los países oprimidos, condenando a tantos habitantes del mundo a la miseria y al hambre, y despojando al mundo del enorme poder potencial para el desarrollo global de la creatividad y la capacidad cultural y científica de las masas. Este sistema mundial se estructura de tal forma que no permite que las masas del tercer mundo controlen su propio destino. El imperialismo y el feudalismo mantienen a los países oprimidos en condiciones de atraso. Veamos un hecho básico: las fuerzas yanquis aterrizaron en Afganistán con fajas de dólares para comprar la lealtad política y militar de los caudillos tribales y así establecer los arreglos políticos que su imperio necesita en esa región. El dólar es una relación social. Modela las condiciones socioeconómicas del mundo. La estructura de las relaciones entre los países imperialistas y los oprimidos forma parte decisiva del sistema capitalista mundial. El imperialismo es la fuerza principal que modela las relaciones internas sociales y de clase en los países oprimidos. Las clases reaccionarias de esos países, es decir, los grandes terratenientes, industriales, comerciantes y banqueros, son aliados de clase del sistema capitalista mundial. Son “operarios” imperialistas en esos países. A veces las relaciones se tensan entre el amo imperialista y las clases reaccionarias locales. Sin embargo, las clases compradora y feudal dependen de sus conexiones con los imperialistas. Por eso, es imposible desligar los problemas “internos” de los “externos”. Hay que derrocarlos todos al mismo tiempo.

Existe un extenso feudalismo en la base económica y la superestructura de estas sociedades. Pasan por un larga transición, lenta y dolorosa, desde la época feudal hasta la burguesa. La interdependencia de la religión y el Estado, la situación de la mujer, las fuertes relaciones sociales patriarcales y el nepotismo son manifestaciones de esta situación. Pero, desde hace mucho, esas sociedades están bajo la dominación imperialista. Los imperialistas han sido los principales agentes de la modernización que exista en esos países y, a su vez, han integrado de manera subordinada las economías atrasadas de esos países en su red mundial de capitalismo. Mientras introducen las fuerzas modernas de producción, han impuesto un desarrollo económico desequilibrado, donde pequeños enclaves avanzados de la economía están rodeados de vastas zonas de atraso. El funcionamiento de la economía capitalista mundial ha devastado la economía de esos países y los ha dejado a la merced de los violentos cambios del mercado mundial y del medio ambiente. A veces las potencias imperialistas han adoptado a propósito la política de fortalecer las fuerzas del feudalismo, siendo Afganistán un claro ejemplo. Lo que ha dictado y dictará la penetración imperialista en estos países es la ganancia, la avaricia y la dominación política. Solamente una estrategia y un programa antifeudales y antiimperialistas pueden abrir las puertas para el desarrollo integral de estas sociedades.

LA REVOLUCIÓN DE NUEVA DEMOCRACIA Y SOCIALISTA: LA ÚNICA SOLUCIÓN

El islam político ha fracasado. Dondequiera que haya llegado al Poder, no ha traído nada nuevo para las masas. Mantiene intactas las antiguas relaciones de opresión. Los ricos se enriquecen y los pobres se empobrecen, y la dominación imperialista de la economía y del poder político se fortalece más que nunca. El islam político no representa un mecanismo para unir la ética tradicional y la unidad tribal bajo un nuevo gobierno. Representa las aspiraciones de clases específicas en los países musulmanes. Es el estandarte que un sector de las clases explotadoras enarbola para participar en la estructura del poder. A estas fuerzas de clase sólo les importan las masas cuando necesiten a soldados rasos. Como subrayó Lenin, hoy hasta los reaccionarios necesitan a las masas para llevar a cabo sus proyectos. El ascenso de las fuerzas islámicas es una manifestación de una grave crisis en los Estados reaccionarios del Medio Oriente. El islam político no ha curado esta enfermedad y no podrá hacerlo. Estos Estados están en desintegración, tengan o no una pantalla islámica. Por eso, principalmente, su protector, los Estados Unidos, ha tenido que apostar sus fuerzas militares en el Medio Oriente. Ya necesita una presencia ahí. Puede blandir su poderío aéreo como quiera, pero en tierra las iracundas masas asedian a sus Estados títeres neocoloniales. Lo que falta son fuertes partidos marxista-leninista-maoístas capaces de ponerse al frente de esas masas, organizar su insaciable sed para la liberación y su tremenda energía en poderosas guerras populares, y dirigir revoluciones de nueva democracia a la victoria. Éste es el único camino para arrancar de raíz al feudalismo como para resolver los problemas que sofocan a esos países desde hace siglos, y cortar de una vez por todas el yugo estrangulador del imperialismo.





Santiago Armesilla
Publicado por deciamosayer @ 0:21
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