Para Decíamos Ayer, y siguiendo las ideas formuladas por el filósofo dialéctico español Lorenzo Peña, estos son los tres grandes errores que el comunismo dogmático del siglo XXI está cometiendo, heredados quizás de la lucha del pasado:
Primer error del comunismo dogmático: creer que la verdad del marxismo estaba probada
El primer error estriba en creer que, siendo el marxismo una teoría científica, estaba demostrada su verdad y que, por consiguiente, era irracional no profesar tal verdad. Ese error partía de un presupuesto falso, a saber: que las teorías científicas se demuestran, que su verdad es palmaria.
No es así. Las teorías científicas no se demuestran. Ni se demuestran con razonamientos puros, en el vacío, exentos de premisas empíricas, ni tampoco se deducen de datos de la experiencia. En realidad se da lo que un filósofo norteamericano (Quine) llamó una subdeterminación de las teorías por la experiencia, o sea: dado un cúmulo de experiencias colectivamente disponibles, hay varias teorías incompatibles entre sí pero separadamente compatibles con ese cúmulo de datos empíricos.
Eso hace que, en rigor, ningún científico haya demostrado nunca la verdad de una determinada teoría ni podrá hacerlo jamás.
A lo sumo puede demostrarse:
1.- Que la teoría que uno propone concuerda con los hechos conocidos y admitidos por lo menos tan bien como las teorías alternativas disponibles; y
2.- Que, dados ciertos supuestos metodológicos, la teoría propia es mejor que tales alternativas. Esos supuestos metodológicos son opciones que no se adoptan porque sí, sino en función de otras opciones doctrinales, filosóficas, incluso valorativas; las cuales, a su vez, también pueden defenderse con argumentos frente a sus competidores.
Eso sí, al final o bien estamos en un círculo, un gran círculo de justificaciones en definitiva recíprocas,o bien estamos en una inacabable cadena ascendente que nos lleva a buscar, para nuestras opciones, justificaciones que gocen, relativamente, de independiente motivación racional, y así sucesivamente, sin agotar nunca la serie, sin tocar fondo, sin poder aportar nunca una motivación racional última, definitiva, irrefragable e indiscutible.
Dada esa subdeterminación de las teorías por la experiencia, ninguna opción teórica o doctrinal es absolutamente segura, del mismo modo que ninguna es obviamente irracional o espúrea o indefendible. De haberse percatado de eso, los comunistas de obediencia marxista no habrían mirado tan por encima del hombro a quienes no concordaran con ellos en afirmar la ley del valor, o cualquier otra de las tesis de la doctrina de Marx. Se habrían dado cuenta de que la duda y la discrepancia siempre están mucho más justificadas de lo que ellos creyeron.
Así pues, el primer error fue creer que las teorías científicas están demostradas; y que, siendo el marxismo una teoría científica, estaba demostrado. Ninguna ciencia demuestra nada, porque la ciencia es dialéctica, y avanza y se renueva según avanza el mundo. Nadie pone en duda las aportaciones a la ciencia de Pitágoras, Copérnico, Galileo, Newton, Einstein, Hawking, Mendel, Mandelbrot, Venter, etc. Pero todos ellos fueron superados por el avance histórico y técnico de la investigación científica, y eso es bueno. Sus nombres están escritos con letras de oro en la historia de la ciencia, pero sus teorías no son dogmas, a pesar de ser verdad -en su momento histórico concreto. Esto mismo pasa con el materialismo dialéctico (marxismo).
Segundo error: creer que el marxismo es una teoría científica
El segundo error consistía en afirmar que el marxismo era una teoría científica. Cae fuera de los límites de este artículo dilucidar qué sea la ciencia o qué sea una teoría científica en general. Es probable que nadie sepa dilucidarlo con exactitud.
El anarquismo metodológico e irracionalista de Feyerabend niega que haya acervo alguno de pautas racionales que delimiten, ni bien ni mal, ni estricta ni laxamente, un ámbito circunscrito que sea el del quehacer científico. Según ese enfoque, lo único que nos quedaría sería una especie de acercamiento sociológico, llamando `ciencia' al conjunto de actividades y formulaciones que en nuestra sociedad se llaman `ciencia', sean cuales fueren, a pesar de que poco tienen que ver entre sí. No compartimos esta visión, como no compartimos ninguna visión irracionalista del mundo. Es equivocado ese destructivismo extremo de Feyerabend; en rigor viene de querer aplicar pautas metodológicas muy estrictas y tajantes, de modo que, al desacreditarse o cuartearse éstas, al salir grietas y goteras, siente uno tan comprometido ese ideal de pureza y pulcritud metodológicas que se dejan caer todos los criterios y se adopta una actitud de "todo vale".
Lejos de tal destructivismo, y sin tener la pretensión de definir qué sea una ciencia, hay dos puntos que poseen enorme plausibilidad y que concitarán un consenso abrumadoramente mayoritario entre quienes hacen lo que se llama "ciencia" o se ocupan de tales temas:
1.- Uno de esos dos puntos es, usando una expresión cara a los clásicos marxistas, la ley del desarrollo desigual de las ciencias: ni se da ni puede darse que todos los campos de la investigación se desarrollen a la par. Es más, seguramente es correcta una versión mucho más fuerte de la ley del desarrollo desigual de las ciencias, a saber: para cualesquiera dos ámbitos dados de la investigación que sean claramente diferenciables, es inevitable que existan grandes desfases entre ellos: en cada etapa, uno de los campos estará rezagado respecto del otro (lo cual no quita la posibilidad de que haya puntos de cruce dialéctico de trayectorias, si en un momento el campo anteriormente atrasado alcanza y sobrepasa al otro). Dado ese desfase, en cualquier lapso de tiempo las pautas metodológicas de ramas diversas del saber serán forzosamente heterogéneas entre sí. Eso trae como consecuencia la imposibilidad de pautas metodológicas comunes a varios campos (salvo en generalidades sumamente abstractas, cual son el razonamiento y la experiencia). Es, pues, ilusorio querer tener una metodología unificada para la sociología, la economía, la historia, la filosofía de la naturaleza y la teoría política.
2.- El segundo de esos dos puntos es que una ciencia es un campo delimitado de la investigación acerca de la verdad, campo que puede tener fronteras esponjosas y difuminadas, pero no inexistentes. Los problemas que investiga una ciencia son problemas próximos entre sí, similares, del mismo tipo. No hay, pues, una ciencia que estudie cuestiones geográficas y numismáticas, o cuestiones anatómicas e historiográficas -lamentáblemente-. No es (una) ciencia la yuxtaposición o combinación de dos o más ciencias.
Eso no excluye las interacciones entre las ciencias, los nexos fructíferos entre paleontología y química, entre historia y fisiología, etc. Ni excluye los vínculos entre 3, 4 o más disciplinas. Sí excluye que haya o pueda haber una teoría científica que a la vez responda a problemas de varios de tales campos o disciplinas, que sea una teoría en física y en fisiología, por ejemplo. Por muy sistemática que sea, no es una teoría científica ninguna combinación de diversas teorías científicas de campos diferentes -aunque sean próximos y relacionados. Es una teoría, pero no científica.
Ni, por lo tanto, ha de tildarse como científico profesar esa teoría y anticientífico no profesarla, o profesar otra combinación de teorías.
Y es que los márgenes de duda razonable para con una teoría en un campo determinado de la investigación se multiplican (no se suman) al combinarse esa teoría con otras de otros campos, por relacionados que estén. La probabilidad resultante de la combinación es siempre bastante menor que la de las teorías separadas que así se combinan.
Eso lo puede comprobar cualquiera por su experiencia. Supongamos que alguien tiene una teoría sobre cómo actúan sus allegados, y por qué, y otra teoría sobre cómo marcha el tiempo meteorológico (a propósito de lo cual cada quien suele tener su teoría: unos tendemos a pensar que al día siguiente hará aproximadamente el mismo tiempo que la víspera; otros tienden que creer que pasará lo que en sus pronósticos hayan previsto los expertos). Si combina esas dos teorías -y, con tal combinación, prevée, por ejemplo, cómo actuarán dentro de unos días los suyos en función del tiempo que hará-, las probabilidades de equivocarse son mucho más altas que las que tiene de equivocarse, separadamente, en cada uno de esos terrenos de la explicación y la predicción.
Ahora bien, las teorías científicas se ajustarán a pautas metodológicas más rigurosas (aunque nadie ha podido establecer un catálogo preciso de ellas), pero son teorías, igual que las teorías de cada quien sobre la conducta de sus allegados, los móviles de la gente, la evolución del tiempo o cualquier otro asunto de los que solemos traernos entre manos.
Si tomamos en consideración esos dos puntos, vemos lo difícil que resulta -y que resultaba ya hace 90 años- sostener que el marxismo sea una metodología unificada y una teoría científica, la cual ofrecería simultáneamente soluciones a problemas en los campos de la sociología, la economía, la epistemología, la filosofía de la naturaleza, la historiografía, etc.
Tercer error: bautizar a un movimiento con el nombre de un individuo
El tercer error del viejo comunismo marxista estriba en pensar que los méritos de un individuo particular pueden haber sido tantos que sea correcto adoptar su apellido como denominación aplicable a quienes profesen una teoría científica, de suerte que la línea de demarcación entre falsedad y verdad, entre sinrazón y razón, coincidirá con la divisoria entre los que se no dejen dar esa denominación y los que sí (siempre que lo hagan bien, como es debido).
Este tercer error tiene dos componentes, ambos falsos.
Un primer componente era la creencia de que las teorías de un individuo pueden mantener su grado de aceptabilidad 50, 100 ó 150 años después de su muerte. Sabemos que no es así, y lo sabemos por experiencia. Esa experiencia ha conducido a muchos a sostener que --aplicando la inducción científica-- llegamos a la conclusión de que toda teoría científica es falsa. Esa tesis es paradójica y puede que sea exagerada. Sin embargo, hay en ella algo que creo correcto: cada cuerpo un poco complejo y amplio de afirmaciones sobre una parcela de la realidad incluye asertos que dentro de unos decenios serán reputados falsos por el pensamiento para ese entonces mejor fundado; y, si no falsos, sí inexactos o menesterosos de fuertes matizaciones correctoras.
Por lo cual ningún cuerpo doctrinal puede tener vigencia y aceptabilidad racional durante un período muy largo. ¿Cuán largo? Cuanto más avanza el saber humano, menos largo, porque constantemente estamos aprendiendo cosas nuevas que en parte desmienten nuestras hipótesis, nuestras teorías previas.
En realidad todo eso era perfectamente sabido y admitido por el propio Marx y por cualquier marxista que se preciara. Pero -en una de esas consabidas y frecuentes inconsecuencias humanas- exceptuábase al marxismo. O se buscaba conciliar el convencimiento de la caducidad próxima de toda teoría con la fe en la vigencia continuada de la teoría marxista.
Para efectuar esa conciliación se acudía a varios procedimientos. Uno de ellos era sostener que, si bien cada teoría tenía un ámbito temporalmente limitado de vigencia o admisibilidad racional, el período de tal vigencia de la teoría marxista aún no se había acabado. Difícilmente era eso más que un subterfugio; porque, cuando sabe uno que acabará agotándose y siendo superada una teoría, no la sostiene uno más que como hipótesis provisional. Y, sobre todo, porque difícilmente se podía dejar para el futuro esa superación cuando ya habían transcurrido 50, 80, 100 ó 120 años desde la formulación de la teoría, al menos en sus versiones fundacionales.
Otro procedimiento de conciliación era alegar que en cada teoría científica había un núcleo perenne y que, así, aunque la teoría marxista, tal cual, pudiera, llegado el día, tener que dejar el campo a otras, había en ella un cúmulo de núcleos perennes, cúmulo que sería el marxismo en sí propiamente dicho. Tal como lo estoy diciendo no creo que nadie lo haya dicho, pero algunas explicaciones iban por ahí. Esa solución está erizada de tres dificultades:
1.- Despojada de sus carnes y reducida a su esqueleto o núcleo, dizque perenne, una teoría pierde mucho de su poder explicativo, de su fuerza y hasta de su sentido. Es más, las tesis que permanezcan incorporadas a teorías venideras puede dudarse si conservan el mismo sentido (pues, incorporadas a otro contexto, en parte vienen transmutadas).
2.- Nadie sabe ni puede saber qué elenco de los asertos de una teoría que profese permanecerán como verdades aproximadamente definitivas e incorporadas a teorías sucesivas; es más: si alguien presume saberlo, caerá en un tremendo dogmatismo, y uno de los peores: el del catecismo (porque justamente, si podemos determinar ese elenco de verdades permanentes, ese esqueleto de asertos por encima de la controversia y de los vaivenes futuros, estaremos habilitados para enumerarlos, formulando un credo, un catecismo).
3.- Difícilmente un esqueleto teórico es una teoría; difícilmente podrá una lista de tales escuetos asertos constituir un ismo, ni marxismo ni ningún otro.
Un segundo componente de este tercer error era subestimar los enormes peligros que acechaban a esa adhesión nominativa a un individuo humano. Justamente ni no quiere uno caer en el catecismo, en la codificación, en el catálogo de verdades que hay que profesar, pero, así y todo, se desea expresar la propia adhesión a la doctrina de alguien, cobijándose bajo la advocación o denominación de ese alguien --o de su apellido--, lo que quedará como referencia será el cúmulo de asertos o escritos que haya dejado firmados ese alguien, por mucho que uno insista en que no hay que tomar ese cúmulo de enunciados o frases como dogmas, ni a rajatabla, ni fuera de contexto. Quedarán en agua de borrajas cualesquiera de esas u otras precauciones similares; lo que resultará será la validez probatoria de la firma del referente en cuestión.
No ha sido la tradición marxista la primera ni será la última que acuda al argumento de autoridad. Ese recurso es inseparable de la cultura humana, porque cualquier cultura humana se desarrolla en unas tradiciones determinadas, pasajeras pero que pueden perdurar mucho tiempo (más, claro, si no tienen pretensiones de contrastabilidad empírica ni argumentativa, como las doctrinas religiosas); el hecho de la tradición es una faceta necesaria de la vida cultural del ser humano en cualquier campo, justamente porque somos una especie social, en la que la labor de pensar es colectiva igual que las otras -aunque son individuales las contribuciones a esa tarea colectiva. Y toda tradición tiene unos referentes, unos fundadores, unos exponentes egregios y privilegiados cuyos asertos tendrán más valor que el de otros seguidores o continuadores de la tradición; estarán revestidos de un grado más alto de presunción de razonabilidad, o de fundamentación.
Pero eso -que es así (dígase o no se diga, acúñese o no un nombre de la tradición de que se trate, y adóptese o no para denominar a la colectividad concernida el apellido de uno de tales exponentes o referentes de la misma)-, eso, que ocurre en toda tierra de garbanzos, se agrava hasta extremos enormes cuando, además, se oficializa la denominación y se identifican las personas del fundador de la colectividad o congregación, el que le da su nombre (o apellido) y el que oficia ante la posteridad como exponente supremo de la misma. (Esos tres papeles pueden no coincidir.)
Santiago Armesilla