martes, 18 de octubre de 2005
Es 1516. Fallece Fernando el Católico y vacante queda la corona de Aragón. Por su parte doña Juana, apodada “la loca” y heredera de las coronas de Castilla y de Aragón, sigue recluída en Tordesillas debido a su enajenación mental. Carlos de Habsburgo, hijo de Felipe de Habsburgo y de Juana de Castilla, con 17 años y sin saber castellano se convierte en regente de Castilla y rey de Aragón. Desembarca un año más tarde en Villaviciosa, procedente de Flandes, donde le tenía que esperar el Cardenal Cisneros, regente de Castilla, para cederle la regencia del reino, pero murió en camino del encuentro. Don Carlos, ante la muerte de Cisneros, colocó a la camarilla de flamencos que le rodeaba en los puestos de confianza y que se encargarían de enviar caudales desde Castilla para financiar los asuntos de los Países Bajos. Los grupos opositores en las Cortes castellanas y en las aragonesas se acrecentaban a favor de su hermano menor don Fernando, nacido en Alcalá y criado en Castilla.
Don Carlos jura ante las Cortes para ser proclamado rey de Castilla con la condición de respetar las leyes castellanas, el inmediato despido de los extranjeros que tuviera a su servicio, el aprendizaje del castellano y la ubicación de castellanos en los cargos más importantes:

“Si nos hallamos reunidos
es para haceros jurar
los fueros y libertades
que tendréis que respetar.
Una vez halláis jurado
las Cortes os jurarán
soberano de Castilla;
sin deciros majestad,
que es tratamiento extranjero
que Castilla no ha de dar.
Mercenario sois del pueblo
nunca lo habéis de olvidar.
Si al servicio estáis del pueblo
el pueblo os lo pagará.”

Partió don Carlos a Aragón y hasta pasados los seis meses nadie el quiso aceptar como su rey. Dos años tardó en salir de Aragón para regresar a Castilla donde fue proclamado rey sin ser llamado majestad. A su regreso a tierras castellanas anuncia su vuelta a Alemania, para ser proclamado emperador tras la muerte de su padre Maximiliano I, y nombró como regente al cardenal Adriano de Utrecht. Ante tal atropello las Cortes son convocadas en Santiago de Compostela donde no llegan a votar a favor de Adriano. A aquellos que se le oponen son ordenados expulsar y a los que aún se resisten se les sobornará.

Noticias llegan desde Toledo. El pueblo se ha llegado a sublevar y anuncian que solos se regirán. Los regidores reunidos forman comunidad y han elegido para ello un capitán, Juan de Padilla, casado de María Pacheco, la ilustrada hija del Marqués de Mondéjar y II Conde de Tendilla, Iñigo López de Mendoza. María le apoyaría en todas sus haciendas y por las cuales sería conocida posteriormente como “la leona de Castilla”. Don Carlos ordena a Adriano sin piedad actuar ante Toledo.
Pronto se van uniendo otras ciudades castellanas. Segovia se levanta de manos del atencino Juan Bravo, pariente de María Pacheco por la rama de los Mendoza. Lo mismo hará Antonio de Acuña en Zamora, ciudad de la que obispo era. Rápido llegan noticias de otras ciudades que se sublevan. Son Toro, Ávila, León, Cuenca, Soria y Guadalajara. En Madrid, arengados por Juan de Zapata, y en Alcalá la realeza ha dejado de gobernar. Salamanca, de manos de Francisco de Maldonado, y Alicante no son menos y comienzan la revuelta. Por todas las ciudades alegres campanas suenan convocando a los vecinos para formar Asamblea.
Adriano convoca el Consejo de Regencia y ordena a sus tropas, de manos de Ronquillo, el Pesquisidor, que repriman la revuelta. Segovia se arma y espera la llegada del ejército de Adriano. Un día se divisa una enorme polvareda por los montes de Segovia. De Toledo, de Salamanca y de Madrid llegan Juan de Padilla, Francisco de Maldonado y Juan de Zapata con sus tropas para mostrar apoyo a los comuneros segovianos en su defensa.
Se oye el alborozo por las calles, se alzan las rojas banderas; Adriano no pudo con las tropas comuneras que Segovia defendieran. El pueblo forma tras ello en Ávila la Santa Junta del Reino, siendo elegido como su presidente Pedro Lasso de la Vega, hermano de Gracilaso de la Vega que lucharía de manos del ejército de don Carlos, y Juan de Padilla como jefe de las tropas comuneras.
Adriano de nuevo consulta al Consejo de Regencia y vuelve su mirada a Medina del Campo, ciudad artillera. Un 21 de agosto de 1520, los vecinos reunidos deciden negar sus piezas y de la ciudad se apoderan los soldados de Adriano, que derramando alquitrán prenden fuego a sus teas. Tan de poco su saña vale al Consejo de Regencia que entran en Comunidad Úbeda, Burgos, Palencia, Valladolid, Badajoz, Ciudad Rodrigo, Baeza, Sevilla, Toro, Jaén, Cáceres, León y Cuenca.
El pueblo se da a sus jefes y expulsa a los que le dieran. Ya cunde en toda Castilla la rebelión comunera:

Comunes el sol y el viento
común ha de ser la tierra
que vuelva común al pueblo
lo que del pueblo saliera.


Es agosto de 1520 y los capitanes al frente de sus mesnadas marchan hacia Adanero y por el camino más castellanos se van uniendo a la tropas comuneras. Paran frente a Medina todos en silencio observando como sólo quedan en pie muros calcinados por el fuego. Tristeza y desolación sufriendo los medinenses bajo sus aleros. “Nunca olvidará Segovia lo que por ella habéis hecho” les dijo Juan Bravo.
Cabalgando pasado Rueda van parejos Padilla, Bravo y Zapata cuando entre los pinares aparece un grupo de caballeros:

“En nombre de Tordesillas
venimos a vuestro encuentro.
Si pronto no nos llegarais
nos llegarán los flamencos
que ya han querido llevarse
la reina de su convento.”

Llegados los comuneros a las calles de Tordesillas el pueblo les recibe con gran contento. En la plaza ondean rojos pendones viejos y las campanas de la iglesia resuenan a la entrada de los comuneros. Padilla y sus caballeros se dirigen al palacio que sirve de encierro a doña Juana. Informada doña Juana de los acontecimientos nombra a Juan de Padilla general de sus ejércitos y le pide que la Junta se convierta en su Gobierno.
Se convoca pues la Santa Junta del Reino en Tordesillas. De todas las ciudades hermanadas representantes llegan salidos de todos los oficios para bregar por sus pueblos. En Tordesillas se promulga una ley de mucho aliento:

“Que en el futuro a los grandes
se les quite del gobierno,
que no guarden fortalezas,
que no cuenten con guerreros,
que tiranías pasadas
no puedan volver con ellos.
Que cuadrillas y parroquias
ejecuten lo dispuesto.
que los vecinos se acerquen
para prestar juramento.
La lucha larga ha de ser
por la libertad del reino
que no fuera libertad
la que los reyes le dieron,
que libertad concedida
no es libertad, sino fuero.
Igualdad en el pechar
para el futuro queremos,
que se den mejores tratos
a los indios de este reino,
que nada se dé a los jueces
si bienes hay en un pleito
y se libere a la reina
de su vivir en encierro.”

Desde Flandes don Carlos dio instrucciones a Adriano de apoyarse en su nobleza. Sobre dos gobernadores descansará su regencia, el almirante Fadique y el condestable Velasco. Los nobles se juntan al rey por conservar sus haciendas al preferir pagarle a extraños a compartir lo que tengan.

El otoño va avanzando y Adriano y el Consejo de Regencia a los comuneros declaran la guerra. Para distinguirse del enemigo se cosen una cruz blanca en el pecho los fieles a la realeza y una roja los comuneros. Tordesillas es asaltada por las tropas de Adriano y, pese a la dura defensa de Acuña, por los reales es tomada.
El 16 de febrero de 1521 en Burgos, y ya de madrugada, suenan trompas y tambores. Entre la vecindad expectante un fraile levanta su voz para dar el pregón:

“Que sepan todos los pueblos
de los mis reinos de España
que en uso de mi poder
al que nadie menoscaba
más absoluto y real
que antes de que estallara
la rebelión de que sufren
las ciudades castellanas
condeno sin enjuiciarles
y con sentencia inmediata
doscientos cuarenta y nueve
comuneros de más talla
a morir si son seglares,
y si clérigos que salgan
de los conventos e iglesias
perdiendo cuanto les valga.
(Firmado en Worms, vuestro rey
Carlos Primero de España).”

En Valladolid no tardan en enterarse de lo que en Burgos se habla y los vecinos enfurecidos se juntan en la plaza. El esperado Acuña es recibido con alborozo y es visto por las calles a caballo predicar.

La guerra se va extendiendo y larga lucha promete ser. Las tropas imperiales con Zúñiga a la cabeza cercan Mora y con su artillería consiguen la muralla derribar. Aguantan los defensores haciendo frente a las mesnadas luchando calle por calle, luchando casa por casa. Los imperiales se adentran y la iglesia ya está cercada donde mujeres, niños y viejos sin armas se hacinan protegiéndose de la batalla. Para Zúñiga comuneros son también y como comuneros han de morir sin que salgan. Los reales prenden fuego y la iglesia ya está incendiada. Tres mil mujeres, niños y viejos sin armas se queman en la iglesia sin poder abandonarla. En silencia queda Mora, crepitando entre las llamas.

En Torrelobatón Padilla espera impaciente. Los imperiales acampan en sus proximidades. Los nobles de todas partes acuden a batallar. Padilla dice a sus hombres que no se puede esperar más, a Toro ha de replegarse. Escrito en un pergamino un mensaje deja Padilla:

“Mañana se ha de luchar,
aunque quedemos un puño
hasta el fin combatirá.
Que nunca nos diga el pueblo
que nos echamos atrás,
si la suerte nos faltara
el valor no ha de faltar.”

La noche del veintitrés de abril, sin luna en el cielo y con la borrasca detrás caminan tras Padilla dos mil jinetes y ocho mil infantes siguiendo a los nobles en su afán de acabar con la revuelta. Sabiéndose perseguido Padilla decidirá:

“¡Que redoblen los tambores,
los pendones desplegad,
que no piensen los reales
que vamos huyendo ya!”

Buscando un lugar apropiado para la batalla librar en la Vega de Valdetronco Padilla decide acampar. Mas el destino le obliga a esperar a Villalar.
Al fondo Villalar se puede divisar. Corren las tropas comuneras por las eras hasta las casas llegar e instalar allí la artillería para comenzar a disparar. Los imperiales se acercan, la batalla comienza, al grito de “¡libertad!” los de Padilla empiezan a disparar. Poco a poco cayendo van sus hombres. A Juan Bravo, espada en puño, consiguen apresar. Padilla en manos de los reales acaba después de tan dura batalla librar. En los campos de Villalar sólo el gritar de los comuneros heridos se escucha ya.
Los nobles su sentencia no tardan en dar: “Bravo y Padilla con sus cabezas pagarán, mientras que Maldonado terminase por apresar y en celda recluirá”. Mas las tropas piden también de Maldonado la cabeza, la cual al final les van a dar.
Amanece un nuevo día y Bravo y Padilla son paseados en mula por las calles de Villalar hasta llegar a la plaza del pueblo donde cumplida la sentencia darán:

“En Villalar, a veinte e cuatro días del mes de abril de mil e quinientos e veinte e un años, el señor alcalde Cornejo, por ante mí, Luis de Madera, escribano, recibió juramento en forma debida de derecho de Juan de Padilla, el cual, preguntado si ha seído el capitán de las Comunidades de estos reinos contra el servicio de sus majestades, dijo que es verdad, que ha seído capitán de la gente de Toledo, y que ha estado en Torre de Lobatón con las gentes de las Comunidades, e que ha peleado contra los gobernadores de estos reinos, e que fue a prender a los del Consejo e alcalde de sus majestades.
Lo mismo confesaron Juan Bravo e Francisco Maldonado haber seído capitanes de la gente de Segovia e Salamanca. Este dicho día, los alcaldes Cornejo e Salmerón e Alcalá dijeron que declaraban, e declararon, a Juan de Padilla e a Juan Bravo e a Francisco Maldonado por culpantes, por haber seído traidores de la corona real de estos reinos, y en pena de su maleficio dijeron que los condenaban e condenaron a pena de muerte natural e a la confiscación de sus bienes y oficios para la cámara de sus majestades, como traidores.”
(Texto original de la sentencia)

Juan Bravo no se retiene en decir: “Cumplid la sentencia pero llamarnos traidores nadie puede en esta tierra. Mientes tú, vil pregonero, y aquel a quien obedezcas”.
En dos agudas picotas levantan expuestas están como escarmiento ambas cabezas. Al llegar la tarde la de Maldonado se añadirá.

El veintiséis de abril un jinete a Toledo se acerca de parte de Villalar para comunicar a la ciudad la muerte de Padilla. María de Pacheco durante toda la noche a su dolor dio rienda suelta. Mas a la mañana siguiente, de negro a lomos de su caballo, al pueblo alza en grito en nombre de Padilla.
Seis meses resistió Toledo toda su rebeldía, mas al cabo de ese tiempo rendida cae doña María. Mas si Toledo se rinde, Toledo no está vencida.


*Basado en el romance Los comuneros de Luis López Álvarez.*


“Tu, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que, un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor”
(texto de un pliego de cordel anónimo de principios del siglo XIX)


David Esteban Serrano
Publicado por deciamosayer @ 21:24
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por uncastellano
sábado, 18 de noviembre de 2006 | 2:52
Gracias por esta entrada.
Saludos,
uncastellano http://actualizate.blogspot.com